Por: gzorzoli   -  En: Articulos   - 

En primer lugar preguntémonos cuáles deberían ser los mecanismos para el acceso a los cargos de conducción. Una sociedad más democrática requiere escuelas más democráticas. Hoy los dispositivos de ascenso del personal docente son los que se han establecido varias décadas atrás y en ningún caso están vinculados con los proyectos pedagógicos que estas escuelas se comprometan a desarrollar.

En la actualidad, casi la totalidad de los directivos de las escuelas secundarias acceden al cargo aleatoriamente. Decimos que juega un importante rol el azar porque las formas de ascender están estrictamente relacionadas con los antecedentes académicos y pedagógicos de quienes conforman los listados de interinatos y suplencias como profesores y no como conductores de un equipo de gestión. En el mejor de los casos, esos directivos logran sus nuevos puestos de trabajo a través de concursos que tampoco toman en cuenta la escuela secundaria donde ejercerán ese cargo.

Estos mecanismos de ascenso provocan la permanente rotación de los directivos, lo que va en detrimento del desarrollo de los proyectos pedagógicos y de las propias identidades de las instituciones. En usual ver cómo muchas escuelas cambian en forma periódica sus autoridades, sobre todo aquellas que tienen mayores dificultades. Todo esto se genera porque la actual legislación privilegia a los individuos que conforman las escuelas por sobre ellas mismas.

Una forma efectiva de garantizar la continuidad a través del tiempo del ideario de una escuela es que los cargos de conducción sean ocupados por los mejores docentes de esa escuela a través de su compromiso, el que debe plasmarse en un proyecto pedagógico. Solo esos docentes deberían estar en condiciones de concursar los cargos del cuerpo directivo. Es decir, hay que establecer dos condiciones para que un docente pueda ascender: su conocimiento de la escuela a través del ejercicio prolongado y efectivo de la docencia en la institución y la presentación de un proyecto pedagógico que pueda ser llevado adelante en concordancia con la identidad misma de la institución. Sobre este plan debería versar más tarde parte del concurso, que también tendría que dar cuenta de los antecedentes del aspirante.

Pero hasta ahora solo hemos reseñado cómo debería un profesor ingresar a un cargo de conducción y no nos hemos referido a las funciones que tendría que cumplir. Aunque parezca ficción, los directivos hoy tienen muy pocas posibilidades de tomar decisiones institucionales y ellos se han convertido, progresivamente, en meros administradores de un establecimiento cada vez más complejo. Esto les ocurre en su relación con los docentes, los alumnos, las familias de sus alumnos e incluso con el personal administrativo y de maestranza. Para peor de males se han intensificado los mecanismos de control sobre ellos por parte de las supervisiones.

El panorama actual de los equipos de conducción, sobre todo en las escuelas secundarios es desalentador. Estamos frente a instituciones en las que muchas veces los conflictos y tensiones dejan malparados a directivos y docentes. El desgaste de estos equipos es diario y muchas veces responsable del cambio continuo de autoridades.

Durante los últimos 30 años hemos sabido construir una escuela que no sea autoritaria, pero hemos pasado a un estado en el cual se ha perdido la autoridad para la toma de decisiones. El saber profesional pareciera no ser suficiente para justificar las decisiones que se toman. El respeto por las normas debidamente conocidas y la construcción de instancias de consenso para definir dichas normas no es moneda corriente. Estamos frente a una escuela secundaria en la que los diferentes actores institucionales no ejercen sus derechos y asumen sus responsabilidades de acuerdo con el lugar que ocupan en ella.

Esta falta de autoridad de los equipos de conducción es el resultado de la confluencia de varios factores, algunos previsibles y otros que se han ido incorporando a lo largo de los últimos años. Por ejemplo, es esperable que los adolescentes intenten desafiar la autoridad docente, tanto de los profesores como de las autoridades, sin embargo la falta de reglas claras o demasiado lábiles ha incrementando esta tensión permanente en el ambiente escolar. No son pocas las ocasiones en que los directivos no pueden tomar una decisión vinculada con la convivencia escolar porque es desautorizado por las familias, algunos de los docentes y lo que es peor, por la supervisión. En este contexto hay quienes deciden no tomar medidas disciplinarias, porque en última instancia son ellos quienes quedan más expuestos.

Mas esta falta de autoridad también se observa al supervisar la tarea docente. Se hace evidente cuando un docente no lleva adelante con corrección su trabajo. No hay forma de ponerle el cascabel al gato. El directivo de escuelas públicas no tiene casi ninguna herramienta para poder corregir el ejercicio profesional de un docente y menos aún sancionarlo si fuera necesario. En todo caso, los mecanismos a su alcance son de tan alta complejidad administrativa que más vale que no los utilice. Lo más probable es que salga mal parado de la situación y termine él sumariado por abuso de poder o persecución política. Pareciera que ¨todos los docentes¨ son excelentes por el solo hecho de ejercer esta profesión y que ninguno de ellos tuviera algo que corregir, mejorar o actualizar.  Un alo inmaculado los envuelve y esto parece protegerlos de cualquier cosa.

De la misma manera esta autoridad ha quedado degradada ante las familias. Los equipos de conducción se someten inclusive a los maltratos de adultos que les faltan el respeto y que oscilan entre no aceptar los límites que les ponen a sus hijos y demandar que la escuela haga lo que ellos no hacen, ponerles esos mismos límites. Es decir, mientras unos reclaman que sean las conducciones quienes ejerzan la autoridad, otros pregonan que la misma debe ser ejercida democráticamente por un conjunto de actores que difícilmente pueda practicar cotidianamente esta tarea.

Lo que resulta más traumático es que las propias supervisones escolares son las que a veces disciplinan a las autoridades de las escuelas. Esto bajo el pretexto de que la escuela debe ser de ca… e in… No lo voy a escribir. Es el refrán más trillado de los últimos 10 años. Bajo ese paraguas casi todo se ha permitido y ha sido posible.

Algo similar ocurre con los propios alumnos, ya que solo por su condición de estudiantes se los ha inmunizado idealmente y se los hace incapaces de tomar la responsabilidad ante cualquier trasgresión. Ellos están allí y deben quedarse a cualquier costo, incluso resignando el rol fundacional de la escuela: el de la enseñanza.

Este vacío en la capacidad de resolver por parte del equipo directivos de las escuelas se manifiesta también en la falta de manejo de presupuesto. Las escuelas no cuentan con una partida presupuestaria asignada y eso hace imposible que las conducciones puedan encarar obras de mantenimiento -ni siquiera las de menor envergadura-, administrar el suministro de material didáctico o manejar los concesionarios que se ocupan de los quioscos, fotocopiadoras, librerías e incluso el comedor estudiantil.

Quizás muchos puedan pensar que sea un problema menos no contar con presupuesto propio, sin embargo a una escuela hay que pensarla integralmente y su funcionamiento depende de múltiples variables que no pueden ser atendidas a destiempo y muchas veces en forma centralizada, aunque esto resulte menos conveniente desde le punto de vista financiero.

La misma situación se da cuando de la utilización de horas o cargos se trata. La planta docente siempre se encuentra cristalizada y la evolución de la matrícula pocas veces es acompañada con adecuaciones en la misma. Un equipo de conducción no puede cambiar ningún cargo, más allá de las necesidades institucionales. Incluso en el caso de que este cambio no implique mayor erogación presupuestaria. Por ejemplo, si en vez de un Psicopedagogo la escuela necesita un Bibliotecario o viceversa esa transformación en las jurisdicciones necesita la firma del Ministro respectivo y por ende se plantea como un imposible. Si una institución ha perdido matrícula y no tiene alumnos suficientes para abrir la totalidad de cursos que tiene, tampoco puede pensar en otras tareas para los docentes de ese curso y menos aún transformar el valor índice de esas horas para cambiarlos por otros cargos que sirvan para mejorar la enseñanza en la escuela.

En los últimos años se han implementado ¨proyectos de mejora¨ con asignaciones presupuestarias provenientes del Ministerio de Educación Nacional que comenzaron a dotar a los directivos de algunos recursos para el desarrollo de propuestas locales. En ese sentido tienen que crecer los recursos económicos de las instituciones, aunque los mismos deben incorporarse y estar disponibles en forma permanente, pues esto genera condiciones de previsibilidad y otorga continuidad a los proyectos.

En resumen, lo que estamos planteando es la necesidad de contar con equipos de conducción conocedores de la escuela en la que van a desarrollar sus tareas, comprometidos con un proyecto pedagógico que puedan desarrollar y del cual puedan dar cuenta, con autoridad para tomar decisiones autónomas y con el manejo de recursos, tanto humanos como financieros.

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